Hay momentos en la vida en los que te asalta la incertidumbre de si estás llevando la vida que deberías. Esta duda existencial fue la que debió impulsar a Lev Tolstoi a escribir “La muerte de Iván Illich”, cuyo protagonista se torturaba en su lecho de muerte mientras alcanzaba la respuesta a la pregunta que desde hacía semanas le corroía la mente y el cuerpo: “¿Cabe la posibilidad de que no haya vivido como debiera haberlo hecho?”. Tolstoi no narró en esta novela su propia muerte, que aconteció un cuarto de siglo después, pero sí su vacío interior.

Las reflexiones que acompañaron el desarrollo de esta novela le hicieron cambiar de vida hacia una existencia más espiritual y más reflexiva. Ya octogenario, Lev tenía claro que “hago lo que un viejo de mi edad acostumbra: apartarse de la vida mundana para pasar los últimos días de mi vida en soledad y tranquilidad”. Pero las dudas le persiguieron toda su vida, y cuando se acercaba su propia muerte, Tolstoi al parecer volvió a sucumbir: “no entiendo qué se supone que he de hacer”. Quizá debió de olvidarse a última hora de la receta mágica: ser fiel a sí mismo, siempre, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte.

Casi un siglo después de la publicación de este libro, otro Iván Illich, pensador visionario y teólogo repudiado por El Vaticano, recibía su sentencia de muerte: le diagnosticaron de un tumor maligno de parótida.

Ivan Illich, ya con el pómulo derecho deformado por el cáncer de parótida

Para Anatole Broyard, “los relatos son anticuerpos contra la enfermedad y el dolor”. Para Iván, esos anticuerpos eran el saber por el puro placer del mismo saber. El intrépido filósofo, que ya había escrito uno de los textos más provocadores y críticos con la medicina de todos los tiempos, ‘Némesis Médica’, no podía contradecirse a sí mismo y decidió no someterse a cirugía, como le proponían los médicos, porque eso hubiera supuesto su muerte social: “perder mi capacidad de dialogar, de intercambiar opiniones con colegas y de impartir cátedras”. Tampoco quiso tratarse con quimio ni radioterapia, porque “no creo en las curas milagrosas que te ofrecen las instituciones oficiales de salud”.

Aunque Iván utilizaba otro truco para esquivar el sufrimiento: además del yoga y la meditación, se medicaba chupando pequeñas dosis de lápices de goma de opio y fumando hachís en pipa. No se negó a utilizar fármacos para algunas de las complicaciones que sufrió; pero eso sí, antes de cualquier intento de medicarse, consultaba con su médico de cabecera, Max Celis, aunque estuviera en la otra punta del planeta. Sin embargo, este doctor no era un cualquiera: era su médico de confianza. Cuando conversaron de su reciente diagnóstico, Iván le dijo: “Tengo una propuesta. Lancemos todos nuestros títulos al cesto de la basura y seamos solamente tú, Max, y yo, Iván. Contigo me he familiarizado. Conoces mis libros, lo hemos hablado juntos, y coincidimos prácticamente en todo”. Había lo que tiene que haber: reconocimiento y confianza mutuos.

Según las estadísticas, el tumor de Iván Illich presenta unas posibilidades de supervivencia a los 10 años siempre menores del 40-50%. Pero Iván sobrevivió 20 años, sin tratamiento con ‘intención curativa’ alguno. Murió el 2 de diciembre de 2002, en Bremen. Hasta la misma mañana de su muerte, ya con la cara desfigurada y tremendamente cansado, el enjuto profesor no paró de trabajar. Quiso durante años jugar al despiste con su cáncer, al que con ironía llamaba «la gran bola», y deseaba que «cuando llegue el momento de la muerte me pille de sorpresa».

Precisamente su última obra fueron una vagas reflexiones sobre la ambigüedad de probabilidades estadísticas, trabajo que compartió con la genetista y socióloga Silja Somerski, amiga y discípula del teólogo. Se mofaba de la idea de trasladar los porcentajes de probabilidad a un hipotético «riesgo personal», porque para él no era más que “una contradicción en los términos”. Él sabía lo que decía, porque con su ejemplo rompía todas las estadísticas.

Con la lucidez que acostumbraba, nos dejó en su última obra una sentencia que resume gran parte de su filosofía: “Hoy en día, los pacientes no sólo están en peligro de perder la salud en tratamientos aventurados, sino de ver su porvenir arruinado por previsiones estadísticas”.

Al contrario que el pensador, el Iván Illich de Tolstoi no pudo tener más mala suerte con los médicos que le trataron de su enfermedad terminal. Le conminaron a que “se sometiera a su voluntad”; pero el desconfiado Illich no parecía quedar muy conforme con la actitud de los médicos, puesto que “lo único que importaba era la consideración de las probabilidades”. Sin embargo, a él “sólo le importaba una cuestión: ¿revestía gravedad su caso o no? Pero el médico se desentendía de esa pregunta tan fuera de lugar (…). La vida de Iván Illich no entraba aquí en consideración”. Tampoco su familia parecía entender nada. Illich no tuvo elección: murió en la más completa indignidad y soledad.

http://www.agustincomotto.com/main/trabajo/32

Ilustración de Agustín Comotto para la edición de libros Nórdica de «La muerte de Iván Illich»

De las dos muertes de Iván Illich cabe deducir dos lecciones: 1) que cuando se acerca el final de tus días conviene tener cerca a un médico prudente y juicioso que atienda tus necesidades desde el conocimiento y la confianza mutua, y 2) que tú y solo tú eres quien debe decidir cómo y con quién abandonar esta vida.

———–

https://www.freitag.de/autoren/der-freitag/zum-tod-des-kulturkritikers-ivan-illich

https://www.freitag.de/autoren/der-freitag/zahlenzauber-der-statistik

http://academic.evergreen.edu/curricular/beliefandtruth/articles/IllichReview.pdf

http://www.diariodemorelos.com/article/ivan-illich-enfrento-su-cancer-doctor-max-celis

http://www.cancer.gov/cancertopics/pdq/treatment/salivarygland/HealthProfessional/page1/AllPages/Print

http://www.nordicalibros.com/ficha.php?id=193