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Hace poco publicábamos una entrada comentando los resultados rehabilitados por la iniciativa RIOT del Estudio 329, un ensayo clínico de SmithKlineBeecham realizado a finales de los 90 para demostrar que la paroxetina era eficaz y segura en la depresión infantil y adolescente, que fue publicado groseramente manipulado ocultando que el fármaco provocaba numerosos efectos secundarios y que no era mejor que el placebo.

Entre los efectos secundarios más importantes ocultados estaba que 11 niños deprimidos se habían convertido en suicidas (mientras que solo 1 lo había hecho en el grupo tratado con placebo). Es decir, un medicamento que precisamente pretendía evitar que los niños y adolescentes pudieran matarse, los convertía en potenciales suicidas.

La asociación del tratamiento antidepresivo con comportamientos suicidas es algo que se conoció bien pronto tras la aprobación del primer IRSS a finales de los 80. Durante 15 años, la industria ocultó los datos cada vez más reveladores acerca de comportamientos extremos causados por los tratamientos con antidepresivos en los pacientes, incluyendo, además de ideación y comportamientos autolíticos, episodios de violencia y agresividad extrema que podían llevar al homicidio.

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Cuenta Peter Gøtzsche en su último libro que en 1999 la FDA había recibido más de 2000 casos de suicidios asociados a los nuevos antidepresivos. Hasta una cuarta parte de estos informes ya relacionaban los suicidios con la acatisia -o síndrome de piernas inquietas- un efecto secundario de los antidepresivos (también lo produce los antipsicóticos) que consiste en una forma, a veces severa, de agitación e inquietud -que algunos pacientes describen como la necesidad de saltar fuera de su propio cuerpo- que puede inducir comportamientos incontrolables de violencia, agitación y disociación.

La acatisia había sido sistematicamente ignorada en los ensayos clínicos ya que sus síntomas eran ocultados bajo etiquetas como nerviosismo, agitación o depresión agitada. De hecho, para controlar estos síntomas, tres ensayos pivotales con fluoxetina -de los cuatro utilizados en el proceso de aprobación por la FDA- tuvieron que utilizar benzodiazepinas de manera concomitante, algo que – a pesar de que inmediatamente anulaba cualquier posibilidad de extraer conclusiones válidas de los ensayos clínicos – no fue considerado importante por las agencias reguladoras.

Peter Gøtzsche ha señalado 10 razones por las que el riesgo de suicidio causado por los antidepresivos ha sido sistemáticamente infraestimado en los ensayos clínicos: (1) fraude; (2) los investigadores ocultaron los datos o ni siquiera investigaron posibles ideas suicidas; (3) las ideas suicidas son codificadas como otra cosa como «empeoramiento de la depresión»; (4) reclutamiento solo de personas con muy bajo riesgo de suicidio; (5) utilización concomitante de benzodiazepinas que pueden evitar algunos comportamientos extremos; (6) periodos previos de run-in con el antidepresivo que se va a estudiar, descartando para el ensayo a los pacientes con mala tolerancia; (7) retirada de tratamientos antidepresivos en los periodos de lavado antes del ensayo clínico y asignación al grupo placebo de pacientes con síntomas de abstinencia que incluye la acatisia que predispone al suicidio (de esta manera las diferencias entre el grupo placebo y del fármaco ya no apareceran estadísticamente significativas); (8) no registro de los eventos ocurridos inmediatamente después de acabar el ensayo; (9) no publicación de los ensayos con resultados negativos; (10) monitorización rigurosa durante el ensayo, parando la medicación ante el mínimo riesgo y retirando al paciente del ensayo sin codificar adecuadamente el motivo de la retirada

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En una revisión  independiente del año 2005  publicada por el BMJ se encontró que el riesgo de intentar suicidarse era 2,4 veces mayor en los pacientes que tomaban antidepresivos IRSS que en el grupo placebo: por cada 1000 pacientes tratados con antidepresivos durante un año, hubo 5,6 intentos de suicidio adicionales, es decir, tratando a 180 pacientes durante un año, uno de ellos tendría ideas o comportamientos suicidas debido al fármaco. Parece un alto riesgo para unos medicamentos que no han demostrado ser útiles para la mayoría de las depresiones ¿no?

Tras más de 15 años de negación sistemática de las evidencias por parte de las compañías y la propia FDA, gracias, entre otras cosas, al descubrimiento del fraude del Estudio 329, en el año 2005 la FDA informó a los médicos de que los antidepresivos incrementaban las ideas y los comportamientos suicidas en los niños y adolescentes, afectando hasta a 1 de cada 50 niños tratados. En 2007, la FDA reconoció que los IRSS podían causar suicidios a cualquier edad y ordenó, en vez de retirar estos peligrosos medicamentos, que esta advertencia figurase en la ficha técnica de los antidepresivos.

Para poder explicar esta asociación tan, digamos, «inconveniente», la industria farmacéutica y sus portavoces de las asociaciones científicas y de la academia se inventaron un cuento: los pacientes depresivos se activarían al comenzar a tomar los «eficaces» antidepresivos -la verdadera mejoría de la depresión suele llevar un mínimo de 2 semanas, refieren- recuperando la suficiente energía como para poner en práctica la ideación suicida que la propia enfermedad habría generado.

Pero estas explicaciones son un puro mito.

Peter Gøtzsche escribe:

«La enfermedad no es atenuada por el fármaco permitiendo la activación inicial; el tratamiento no necesita 2 semanas para comenzar a hacer efecto porque la recuperación se produce se tomen o no los medicamentos; y no es la enfermedad la que induce la ideación autolítica sino los propios fármacos»

Hay múltiples datos que apoyarían la tesis de Gøtzsche:

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– la incidencia de acatisia y de ideación autolítica se incrementan con la dosis de antidepresivos, independientemente del tiempo en tratamiento

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– David Healy realizó un experimento que cuenta en su libro Let them eat Prozac, con 20 voluntarios sanos que aceptaron tomar antidepresivos: en dos de ellos se desarrollaron intensas ideas suicidas y uno de ellos estuvo a punto de hacerlo

– hay personas sanas en tratamiento que se han suicidado o han agredido a otras sin que estuvieran deprimidas

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– el propio autor tiene una serie de 150 estudios de voluntarios sanos tratados con antidepresivos IRSS, publicados o no publicados y recolectados de las bases de datos de de la EMA, donde se comprueba que estos medicamentos producen, con el doble de frecuencia que el placebo, efectos secundarios que predisponen al suicidio

Los contra-argumentos de la industria y sus altavoces profesionales son siempre los mismos:

– los suicidios son solo anecdóticos

– los ensayos no señalan un incremento de las ideas autolíticas (aunque vimos como se las gastan ocultando datos incómodos, en el infausto Estudio 329)

– los ensayos solo muestran un aumento de la ideación autolítica y no de los suicidios (más arriba hemos visto como se evitan los suicidios en los ensayos; es un argumento absurdo que como comprobaréis si seguís leyendo, va a tener una respuesta sorpresa al final de esta entrada)

– los ensayos no fueron diseñados para detectar suicidios, lo que es correcto. Esto explica su infraestimación sistemática

– los estudios observacionales han mostrado que los antidepresivos protegen contra los suicidios, un argumento que Gøtzsche desmonta minuciosamente en su libro

Las hipótesis más plausibles son otras: (1) los antidepresivos transforman el cerebro de los pacientes, cambian su personalidad con efectos terapéuticos en algunas personas e indeseables en otras; (2) los antidepresivos inducen alteraciones psiquiátricas como manía y agitación que tienen alto riesgo de generar comportamientos suicidas y (3) tanto los antidepresivos, como su síndrome de abstinencia cuando se retiran bruscamente, producen con mucha frecuencia acatisia, un efecto secundario que aumenta el riesgo de suicidio.

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El psiquiatra David Healy ha publicado recientemente un impactante artículo en su blog. Al parecer los suicidios en general están aumentando y los llevados a cabo por ahorcamiento de manera más notable.

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Cuenta Healy que, ante la falta de información sobre la relación de los suicidios y la utilización de fármacos, una organización, AntiDepAware, ha comenzado a rastrear las muertes por suicidio relacionados con los antidepresivos. Ha comprobado y registrado más de 3000 suicidios en UK relacionados con antidepresivos.

Lo más sorprendente, como decíamos más arriba, es el incremento de suicidios por ahorcamiento pero con una característica en común: cada vez más ahorcados tienen los pies o las rodillas cerca de suelo

Healy cuenta el caso de Matt Miller, un niño de 13 años que acababa de cambiar de colegio y se sentía nervioso. Sus padres, impulsados por el maestro, lo llevaron a un médico que le prescribió sertralina. Siete días más tarde, se ahorcó en el baño de su casa.

Pfizer, fabricante de la sertralina, en el juicio que se planteó, argumentó que no había sido un suicidio, sino una asfixia auto-erótica que había salido mal. Como prueba, señalaron el hecho de que el pobre niño no estaba suspendido sino que tenía los pies en el suelo: estaba casi de rodillas. Pfizer llegó hasta a buscar manchas de semen en la alfombra del suelo del baño.

Pero fue el caso de Yvonne Woodley en 2010 el que permitió la explicación del fenómeno. Yvonne Woodley era una mujer de 42 años que estaba teniendo dificultades matrimoniales. Consultó con su doctor por problemas de sueño. El doctor la diagnosticó de depresión y, tras comprobar que no presentaba absolutamente ningún riesgo de suicidio, le prescribió citalopram. Una semana más tarde, el médico comprobó que Yvonne estaba más agitada y tenía pensamientos fugaces de suicidio por lo que duplicó la dosis de citalopram. Después de un primer intento de suicido y una nueva elevación de las dosis del antidepresivo, Yvonne se ahorcó.

Ella se colgó en el ático de su casa. Dado el tipo de persona que era, el resto de su familia encontró increíble que ella se hubiera colgado en su casa, con sus dos hijas en la planta baja. Esta parece ser una característica común a los suicidios por IRSS: la aparente falta de preocupación por el efecto en los demás.

El hecho de que Yvonne estuviera cerca del suelo con sus rodillas hizo que el juez de instrucción etiquetara el acto como una idea de suicidio más que como un suicidio. ¿Por qué?

El forense explicó que cuando las personas están sopesando la posibilidad de matarse mediante ahorcamiento, suelen hacer pruebas previas. Al comprobar si la cuerda aguantaría su peso, es muy fácil que ésta ejerza presión sobre los senos carotídeos, que están a cada lado del cuello, lo que puede provocar la pérdida de conciencia y la caída hacia delante, consumando un suicidio no completamente deseado. Si la persona ha comenzado con los pies en el suelo, acaba estando de rodillas o casi de rodillas.

David Healy acaba su texto señalando la extensa lista de medicamentos que pueden inducir ideación autolítica y terminar con pacientes ahorcados….. de rodillas

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