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Puzzles de Elena

Además de ser una adorable localidad de la costa calabresa, Amantea es el nombre del blog de Elena Serrano, médica de familia de la sierra jienense de Segura afincada en Catalunya. Elena es una médico atípica, puesto que además de cultivar con esmero sus ansias de saber, no por ello deja de tener una alta y serena sensibilidad por las artes.

En este relato de un paciente suyo nos apunta la importancia de la narrativa como forma primordial de conocer a la persona que está al otro lado de la mesa de nuestro despacho, y reconocernos a través de sus palabras. Desde una dimensión ética, Elena nos enseña cómo la maquinaria médica puede llegar a pasar por alto la autonomía de las personas con una brillante ilusión técnica de beneficiencia que desde el inicio desvela con toda su crueldad su cara más maléfica.

La narración formará parte del primer proyecto literario del Laboratorio de Prácticas Innovadoras en Polimedicación y Salud, que saldrá a finales de año.

Manuel tiene ahora 84 años. Hasta hace poco más de un año su casa estaba en un pueblo a unos sesenta kilómetros de la ciudad donde viven sus dos hijas. María, su mujer, de 80 años ocupaba su tiempo en dos de sus grandes aficiones: la costura y la cocina. Él solía marchar cada mañana a cuidar el huerto, de donde traía algunos ingredientes para las recetas que preparaba ella. Por las tardes se reunían con algunos amigos de los cuarenta vecinos del pueblo a jugar a las cartas. Y un domingo de cada mes acudían sus dos hijas y sus cinco nietos a comer con ellos.

Sus rutinas cambiaron, de forma repentina, cuando una noche María se levantó al cuarto de baño, se cayó y su cadera se rompió. Este inciso nocturno devino en el traslado a casa de una de sus hijas. Durante semanas dormía, solo, en una de las habitaciones de la casa, mientras María lo hacía en el hospital.

Y sus horas de día transcurrían en la silla al lado de su cama. Fue al salir ella del hospital cuando Manuel comenzó su andadura por las consultas. Al parecer su hija insistía en que debía hacerse un chequeo porque en el pueblo estaba abandonado. El abandono al que se refería ella, Manuel lo define como que nunca fue al médico porque no lo necesitó.

Fue en esa primera visita, acompañado por su hija, cuando la tensión arterial descubrió una cifra demasiado alta, explicó que fumaba pero de los cigarrillos de “liar” y le aconsejaron perder unos kilos porque tenía «el riesgo alto. De ahí quedaba emplazado a una segunda visita, donde recogería el resultado de una analítica. Fue en ella donde se descubrió que «el azúcar» sobrepasaba los límites normales y le sobrevino la dieta sin sal y sin azúcar. De nuevo la cifra de tensión arterial elevada le concedió una tercera visita y de ahí el comienzo del tratamiento con un fármaco llamado enalapril. En la historia no consta acerca de si Manuel estaba de acuerdo o no con todo ese aluvión de nuevas cosas por hacer y de no-hacer. La hija, de vez en cuando, acudía sola a la consulta con la enfermera para explicarle que su padre estaba más apagado y más irascible porque no le gustaba cómo cocinaba ella sin-sal y porque le controlaba cuánto y el qué comía. Con el médico compartió que creía que su padre estaba perdiendo memoria porque se cuando le preguntaba por lo que había hecho durante el día no se acordaba, no tenía interés por salir a la calle, conocer a gente de su edad que se reunían en el parque de debajo de su casa… Y fue así como unos dos meses después se le hicieron algunas pruebas para ver si era verdad que estaba perdiendo memoria. El número que informaba el resultado del test resultó en la interpretación de un «deterioro moderado», aunque consta en la historia la duda acerca de ese resultado porque parece que Manuel estaba como más apagado, como abstraído en sus pensamientos cuando se le hacían las preguntas. Aunque la hija parece insistir en que le enviásemos al especialista para ver lo de la memoria porque conoce casos en los que le han puesto tratamiento y además le podrían dar ayuda económica, acuerdan con el médico hacer un seguimiento.

No acaba aquí esta consulta pues Manuel, antes de marchar, comenta que él no está bien aquí, que nota que desde que vino tiene una tos que no le deja descansar de día y de noche. Parece que aunque no hay nada en la exploración que llame la atención, se le pide una radiografía porque es fumador desde hace mucho tiempo y se le recomienda codeína para la tos, a la espera del resultado… Dos semanas después se les informa como que la radiografía es normal, a pesar de que la tos continúa y recibe el tratamiento con codeína. Tras unas preguntas que hace el médico a Manuel, decide prescribirle un protector gástrico por la posibilidad de que la tos se deba al reflujo por su hernia de hiato. Dos son las pastillas que acompañan los días de Manuel.

Al mes siguiente, en la visita de control de la tos es cuando el protector gástrico pasa a la lista de la codeína… de no haber servido para aliviar Manuel. En esta visita, adquiere de nuevo presencia el interés de la hija por mirar con más detalle lo de la memoria… y consta una derivación a geriatría.

Cuando conozco a Manuel han pasado casi ocho meses desde que llegó a su nuevo lugar. Persiste la tos y me explica su hija que le han visitado para el tema de la memoria y que está pendiente de algunas pruebas como una analítica más completa, un TAC y una cita con la psicóloga para hacerle más tests, una analítica más completa que la que le hicimos y hacerle más preguntas con una psicóloga. Cuando intento preguntar algo a Manuel es su hija la que responde con todo tipo de detalles. La mirada cabizbaja de él y percibir cierta tensión entre ellos me hacen proponer a su hija salir fuera y poder hablar con él, a solas. Es a raíz de esos minutos de entrevista cuando conozco su historia con la que comienza este texto, su rutina que parecía hacerle feliz y la soledad que le acompaña en sus días de ahora. Echa de menos las comidas de María, poder dormir con ella en la misma cama, su huerto, el silencio de la casa… Me dice que no quiere que le “mareen” con médicos y más médicos, pero que su hija no lo entiende. Él quiere volver a su vida de antes.

De una lectura en diagonal de los cursos anteriores rescato el tema de la tos… y aparece a través de la lectura del texto» ¿Y si fuera el medicamento»? un nuevo guión en la lista de posibles causas de su tos la lectura reciente de “Y ¿Si fuera el medicamento?”… Le propongo retirarlo y le explico porqué. Acepta y me pide que sea yo quien se lo explique a su hija. Así lo hago y aunque al principio no parece causarle una propuesta de confianza, acepta a una visita de seguimiento en unas semanas en su domicilio. Y así conocer a María, de la que me había hablado Manuel.

Allí sentados en el salón de la casa de su hija supimos que esta vez la tos tenía su porqué en ese nuevo tratamiento. El andar de suplente de una consulta a otra tiene algo de gratificante… y es que, a veces, permite aportar algo de luz de objetividad en la difícil tarea de lidiar con los síntomas y la inercia de ir sumando en lugar de restar. No es tarea fácil atenuar la miopía que heredamos de una formación orientada a la no-normalidad.

Manuel parece algo más tranquilo sin la tos que le acompañó y su tensión arterial se dibuja con cifras normales. Ahora les acompaño a él, a María y a su hija. Quedan días en los que hablar acerca de qué implica o no una etiqueta de demencia, de si las emociones son para vivirlas y aprender de ellas o encuadrarlas sin más…. Quedan días en los que seguiremos aprendiendo, juntos.

Cuando pienso en la historia de Manuel… y sobra la importancia de la iatrogenia de lo que hacemos, sugerimos, damos…diría que queda representada como si de un puzzle se tratase: quizá Manuel llegó siendo un puzzle con sus piezas más o menos acopladas y con el transcurso de los meses andaban desorientadas, fuera de lugar.

 

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