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“Estoy muy dormida cuando acudo al congreso con más asistentes de mi carrera universitaria, y sé que es probable que me duerma en una de las filas altas del aula magna. Me siento, leo el programa, el segundo tema es “Sanidad pública e inmigración: el derecho fundamental a la tutela de la salud”.

Inevitablemente pienso “qué rollo”. Conecto Pokémon Go, me encuentro en un gimnasio del equipo azul. Me dispongo a conquistarla para los rojos. Comienza a hablar el tal Doctor Pietro Bartolo, que no sé quién es. Mientras intento capturar un bulbasaur oigo su voz de trasfondo: no habla de epidemiología, de etiología, no se concentra en datos estadísticos de quién sabe qué síndrome o blablabla. Habla de personas. Y va diciendo “personas como nosotros”. Decido escucharlo con un oído y a bulbasaur con el otro. 

Bartolo cuenta que está allí, en Lampedusa. Que ha atendido a 350.000 personas, y que hay algo que odia, el reconocimiento de cadáveres. Que muchos ya no tienen las huellas digitales. Y él debe extraer dedos, costillas, orejas. Cuenta esto:

“¿Las mujeres? Todas han sido violadas. TODAS. A menudo llegan embarazadas. Las que no lo están, no es porque no hayan sido violadas, no lo están porque los traficantes les han suministrado un cóctel antiprogestágeno a dosis discutibles, para violarlas en público, para humillarlas. Sin riesgos, que las mujeres embarazadas en la prostitución no son rentables.”

Flipo.

¿No era un congreso de clínica? ¿Dónde están los tratamientos? ¿Por qué la voz de un internista no me está aburriendo con un metanálisis sobre el uso de la tetrasulfaesticatina? Decido soltar el bulbasaur, un segundo, Bulba, vuelvo enseguida, debo entender lo que este está diciendo: 

“En estas barcazas los hombres se colocan en los bordes, como una cadena humana, para proteger del frío y del agua a las mujeres, niños y ancianos que van dentro. Son familias. Familias como las nuestras.”

Muestra una foto, mil veces vista, pero él no es retórico, no es formal. Está fuera de cualquier esquema políticamente correcto, fuera de cualquier zona de confort:

“Una noche me llamaron: habían desembarcado dos botes inflables, tenía que ir a atender. Los visité a todos, no tenían las enfermedades que alguien dice que nos traen aquí. Tenían las enfermedades que podría tener cualquiera de nosotros. Que se curan con tratamientos banales. Inocuos. Algunos. Otros han sido quemados vivos para convertirlos en blancos. Este niño, por ejemplo”

Muestra otra foto, esta jamás vista en los medios. Un joven, que debía tener 15 o 16 años, afectado de la rodilla al tobillo. Me olvido de los Pokémon:

“Este sobrevivió a los experimentos inmundos que hicieron con él. Su hermano, en cambio, no pudo. Murió por haber sido quemado vivo”.

Me meto el celular en el bolsillo:

“Alguien me dice que vaya a mirar en la bodega, y que no será un bello espectáculo. A medida que bajo me parece caminar sobre cojines. Enciendo la luz de mi celular y me encuentro esto…”.

Muestra otra foto. Parecía una fosa común. Cuerpos de hombres sin vida amontonados como sacos:

“Esta foto no está trucada. La hice yo. No os la muestran en los telenoticias. Cuando los hubimos lavado encontré que algunos tenían pedazos de madera clavados en las manos, y los dedos rotos. Intentaban salir. Les habían dicho que, como eran más jóvenes, fuertes y ágiles que los demás, tenían que hacer el viaje en la bodega y que después, podrían salir pronto y fácilmente a tomar el aire. Pero no. Cuando Comenzó a faltar el aire, probaron de salir a cubierta, pero fueron repelidos a patadas y golpes en la cabeza. No sabéis cuántos tenían fracturas de cráneo y de los dientes. Salí a vomitar y a llorar. No sabéis lo que he llorado en 28 años de servicio, no lo podéis imaginar”. 

Ya no hay nadie en el aula magna que no contenga la respiración, en silencio: 

“Pero también hay cosas bellas, cosas que te ayudan a seguir adelante. Una chica. Tenía hipotermia profunda y estaba en paro cardiocirculatorio. Estaba muerta. No teníamos nada. Comencé a aplicarle masaje. Durante mucho rato. Y de golpe la recuperé. Tenía edema generalizado. Estuvo 40 días en el hospital. Se llama Kebrat. Es su nombre. Vive en Suecia. Años después vino a visitarme. Estaba embarazada”.

Nos muestra la foto de su encuentro. 

“…porque la gente no entiende. Alguien ha hablado de raza pura. Pero la raza pura sufre más enfermedades. Al contaminarnos nos hacemos más fuertes, más resistentes. ¿Y la economía? Estas personas, con su trabajo, han aportado miles de millones a las cajas europeas. Y añado que nos han enriquecido con tantas culturas. En Lampedusa tenemos todos los apellidos del mundo y vivimos muy bien. Dicen que hay razas mejores que otras. Sí, respondo. Las suyas son
mejores. Mejores que los que decís esto”.

Pone un vídeo y dice:

“Esto es un parto en una barca. La mujer estaba en condiciones lamentables, estirada en el suelo. Pedí a los chicos un hilo de pesca para cortar el cordón. Pero ellos me respondieron justamente “no somos pescadores”. Me dieron un cuchillo de cocina. Aquella mujer no dijo nada. Me quité el cordón de un zapato para cerrar el cordón umbilical, ¿lo veis? Ella me daba las gracias, era negra como el carbón. Su hijo en cambio era blanquísimo. Sí, porque ellos son blancos cuando nacen y oscurecen en unos diez días. Y yo digo ¿qué problema hay si nacen blancos y luego se convierten en negros? A su hijo le llamó Pietro. ¡Cuántos Pietros hay en el mundo!” 

Todos sonreímos.

“Esta otra mujer, en cambio, llegó en condiciones vergonzosas, había sido violada. Estaba embarazada. Había roto aguas 48 horas antes. Pero en la barca no había ni espacio para abrir las piernas. Salía líquido amniótico, verde, gran sufrimiento fetal. Con ella iba una niña, que también había sido violada, tenía 4 años. Tenía un rollo de billetes escondido en la vagina. Y cuidaba a su madre. Tanto, que me agredió cuando yo intentaba abrir una vía. Quien sabe lo que había visto. Le di galletas. No comió ni una. Las partía y las ponía en la boca de su madre. Al final le di un juguete. Porque nos llegan montañas de juguetes, porque hay gente buena. Pero aquella niña no lo quiso. Ya no era una niña”. 

Sigue otra foto. 

“Esta foto, por el contrario, ha dado la vuelta al mundo. Ella es Favour. Han llamado de todo el mundo para adoptarla. Llegó sola. Ha perdido a todos los suyos: su hermanito, su padre. Su madre, antes de morir por lo que llamo la enfermedad de los botes inflables, que te mata por las quemaduras de la gasolina y otros tóxicos, se la dejó a otra mujer, que ni conocía, y le pidió que la pusiera a salvo. Y esta mujer me la trajo, antes de morir de la misma suerte. Pero no podéis imaginar cuántos niños, en cambio, no han podido. Una vez me encontré ante centenares de sacos de colores diferentes, algunos de la guardia de fronteras, otros de la policía. Tenía que reconocerlos a todos. Esperaba que el primero no contuviera un niño. Pero lo contenía. Estaba vestido de fiesta. Con pantaloncito rojo y zapatitos. Porque sus madres los visten así. Quieren hacernos ver que sus niños son como los nuestros, iguales”. 

Nos muestra otro vídeo. Unos buzos extraen cuerpos exánimes de una barca en el fondo del mar. “No son maniquís”, nos dice. El vídeo prosigue. Un hombre saca un cuerpecito del agua. Pequeño. Sin vida. Llevaba un pantaloncito rojo. “Aquel niño es mi pesadilla. No lo olvidaré nunca”. 

Ya no puedo aguantarme las lágrimas. Oigo el ruido de todos los que, de manera alterna, como yo, han tenido que sonarse. “Y este es el resultado”, nos muestra la enésima foto:

“368 muertos. Pero 367 ataúdes. Sí. Porque en uno hay una madre, llegada muerta, con su hijo todavía unido al cordón umbilical. Llegaron juntos. No quisimos separarlos, queríamos que se quedaran juntos para la eternidad”. 

Creo que con esto basta. Y esto es un extracto. Sí, porque el Doctor Bartolo habló durante una hora. Los otros conferenciantes le cedieron su tiempo. Nadie osó interrumpirlo. Y cuando terminó todos nosotros, estudiantes, médicos y profesores, nos pusimos en pie y aplaudimos durante largos minutos.

Y así fue.

Él no necesita ayuda:

“no vengáis a Lampedusa a ayudarnos, siempre nos hemos arreglado solos los lampedusanos. Si no sois médicos, si no sabéis hacer nada y queréis ayudar, id a explicar lo que habéis oído aquí, haced saber lo que sucede a los que dicen que hay una invasión. ¿Qué invasión?”.

Este texto es un post de Virginia di Vivo, estudiante de medicina, que añade: 

“Yo no me explico bien, porque las cosas no las conozco como se debe. Pero una cosa la sé: que esto es vergonzoso, inhumano, vomitivo. Y no me importa absolutamente nada por qué viniste aquí, si eres o no un ilegal, si escapas de la guerra o si vienes a buscar fortuna: llegar así no es humano. Y mereces que te cuidemos. Mereces un abrazo. Mereces respeto. Tanto como, o quizá más, que cualquier otro ser  humano”.

Traducción: Joan-Ramon Laporte

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