¿Puede extrañar que la prisión se asemeje a las fábricas, a las escuelas, a los cuarteles, a los hospitales, todos los cuales se asemejan a las prisiones?
«Vigilar y castigar : nacimiento de la prisión». 1975, Siglo XXI, Bs As. Michael Foucault, filósofo francés.
Varios años antes de hacerse famoso por la trilogía innominada de la revolución traicionada, George Orwell recorrió vagabundo las calles de París y Londres, las capitales de ese mundo. Muchas de las miserias que vivió fueron motivo de reflexión en escritos como “Cómo mueren los pobres”. En él relata las penurias de los enfermos “demasiado pobres para ser tratados en su propia casa”, y que no tenían más remedio que “ir al hospital, y una vez allí, aguantar las asperezas e incomodidades tal y como si se estuviera en el ejército”. Por si no fuera poco, una vez dentro, los cachorros, futuros guardianes de la disciplina médica, los utilizaban para, errando en sus propias carnes, aprender el oficio de Galeno. A cambio, tenían asegurado un techo, una cama y un plato de comida, lo que no era poco para quienes estaban acostumbrados a no tener nada. En otro momento afirma que “el hospital está popularmente considerado lo mismo que una prisión”. El hospital era el aparcadero de los insanos; la prisión, el basurero de la sociedad.
Paradójicamente, el hospital, décadas más tarde, se convirtió en una salida para los privados de libertad. El ambiente de un penal puede ser tan asfixiante que el reo es capaz de comerse cristales o tragarse cuchillas con tal de salir durante unas horas o días de la cárcel aunque sea solo para meterse en otra sin barrotes. A veces, el sucedáneo de libertad de escoger entre lo malo y lo peor es lo único que les recuerda que siguen siendo personas.
Las novicias inmigrantes que son traídas ilegalmente a los conventos de clausura para convertirlas en cuidadoras de las nonagenarias madres superioras y en limpiadoras sin sueldo ni pensión, pueden pasar semanas sin ver la luz del sol. Hasta que, cada 2 o tres meses, para que se les pierda la pista y no levanten sospechas, son trasladadas secretamente a otros conventos, como se traslada silenciosamente a las putas de los burdeles de carretera. Hacerse las enfermas graves, declarando toses y fiebres incompatibles con la verdad que revela el fonendoscopio, simulando convulsiones de solo medio cuerpo, falseando pérdidas de conocimiento con el rabillo del ojo atento a si la alarma de verdad cunde o no, o aparentando dolores fuertes de barriga de duración imposible, en ocasiones es la única forma de salir del presidio de la piedad. El volante al hospital pasa por ser el último salvoconducto a la vida.
Que maravilla este texto!!!!
Ese es el Hospital de nuestra Argentina. Con tanta inequidad. con un sistema de salud complejo, fragmentado, con una salud publica destruida donde el hospital es para pobres.
Gracias Enrique Gavilán por recordarnos lo que sabemos
Son cárceles sin prisioneros, sin que supieran mi identidad fui al policlínico de San justo, Supuestamente «policlínico» una realidad mas alejada pues una persona cobraba una colaboración de una cooperadora donde luego de cooperar le daban turno de un promedio de 2 meces para un traumatólogo, endocrinólogo no existe, y ginecólogo dentro de 2 semanas, para el clínico del cual viene 3 veces a la semana pero lamentablemente la mayoría salió de vacaciones por lo cual si viene atiende según demanda y sin turno…Pensamos que es una cárcel por las largas guardias que realizamos los médicos. Al ver esta desigualdad en el alcance de la salud donde pacientes necesitados regresaban a sus hogares de la misma manera o peor por intentar ser atendido por un medico…