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Admito que tengo debilidad por Edmund Pellegrino. Siempre me llega. Su texto clásico «Physician’s Duty to Treat: Altruism, Self-Interest and Medical Ethics», escrito cuando no eran conocidas todas las fuentes de contagio del VIH, puede servir de inspiración en estos días azarosos.

En la traducción he sustituido «médico» por profesional sanitario y SIDA por epidemia, para que la reflexión sea mas inclusiva y actual.

Nada demuestra mejor la ética de los profesionales sanitarios que la forma en que equilibran sus propios intereses con los del paciente o la sociedad.

«¿Cómo pueden equilibrarse los intereses personales, como el riesgo físico por atender a personas afectadas por una epidemia, con los de los enfermos y la sociedad?¿Implica la atención sanitaria la supresión de los intereses propios hasta el punto de tener que asumir cualquier riesgo personal?¿Hay algún grado en el altruismo o es maleficente ponerle límites?»

Hay argumentos para que los profesionales no corran riesgos en las epidemias: son riesgos extraordinarios; las obligaciones hacia uno mismo y la propia familia pueden prevalecer sobre las obligaciones hacia los pacientes; los profesionales que contraen la enfermedad quedan inutilizados para seguir trabajando y atendiendo a otros enfermos; atender a pacientes cuando se tiene miedo puede generar reacciones de hostilidad; no todos los profesionales sanitarios son emocionalmente capaces de sobrellevar la situación; y, el más importante, puede ser injusto que lo profesionales sanitarios asuman más riesgos que el común de los ciudadanos. 

Estos argumentos, para Pellegrino, valdrían solo si aceptáramos la idea de que la atención sanitaria es una ocupación como cualquier otra y los sanitarios tuvieran los mismos «derechos y obligaciones» que los vendedores de televisiones, los contables o los fontaneros.

Este punto de vista, que llamaremos de autointerés, defiende que el conocimiento de los profesionales sanitarios es un bien de mercado que podría ser gestionado en los términos establecidos por su propietario, como el fontanero o el contable negocian con sus conocimientos y habilidades. Estar enfermo y necesitar cuidados no sería diferente, desde esta posición, a necesitar cualquier otro servicio o bien de consumo. Los pacientes serían clientes a los que se venderían los conocimiento y habilidades técnicas adquiridos tras un largo periodo de formación y esfuerzo. Las obligaciones éticas no tendrían que ser diferentes a las de un fontanero o un contable: ser competente en el desempeño y no hacer daño. Correr riesgos no sería una exigencia y la sociedad debería entender que un profesional sanitario no quiera asumir riesgos excesivos como entiende que un fontanero no se arriesgue a entrar a arreglar un grifo en la casa de un infectado. 

Para Pellegrino esta perspectiva, que podríamos llamar del auto-interés, tendría tres grandes argumentos en contra, cuando hablamos de profesionales sanitarios:

(1) La naturaleza de la enfermedad. El enfermo no es un cliente cualquiera. Se encuentra en un estado de dependencia, ansiedad y vulnerabilidad que no tiene el cliente de una tienda de televisores. Los pacientes muestran sus debilidades y comprometen su intimidad física y psicológica en la relación profesional. La actividad profesional necesita de esa confianza para poder llevarse a cabo. La necesidad médica constituye, en sí misma, una llamada moral para cualquiera que esté en disposición de atenderla.

(2) El conocimiento de los profesionales sanitarios no les pertenece completamente:

«El conocimiento se adquiere a través del privilegio de una educación sanitaria. La sociedad permite ciertas invasiones de la privacidad como la disección de los cuerpos para la docencia, la participación en el cuidado de los enfermos de estudiantes o la experimentación con sujetos humanos. Este conocimiento se ha obtenido mediante la observación y la experimentación con generaciones de enfermos. Todo esto, junto con la importante subvención financiera del estado en la educación de los profesionales sanitarios, se permite con un propósito: que la sociedad tenga un suministro ininterrumpido de personal sanitario capacitado.»

Los conocimientos de los profesionales sanitarios, por lo tanto, no son de su completa propiedad y no deberían ser utilizados únicamente para obtener ganancias personales, prestigio o poder. Más bien, las profesiones mantienen estos conocimientos en fideicomiso para el bien de los enfermos. 

(3) El compromiso público de los profesionales sanitarios: Los que entran en las profesiones sanitarias pasan a formar parte de una alianza colectiva que no puede ser interpretada unilateralmente. Esta alianza implica aceptar los compromisos derivados de la promesa pública de ser competentes y altruistas buscando el interés de los enfermos. 

Efectivamente. Para Pellegrino estos tres argumentos -la naturaleza de la enfermedad, el carácter no privado del conocimiento médico y la promesa que forma parte de la alianza moral de la medicina con la sociedad- generan fuertes obligaciones morales.

Exigir garantías (imposibles) de riesgo cero en el cuidado de los pacientes durante la epidemia o no adaptarse a los medios con los que se cuenta en una situación de escasez -cuando las condiciones de racionamiento distribuyen equitativamente las cargas- es negar la esencia de las profesiones sanitarias:

«Los profesionales sanitarios no son más libres de evitar el peligro en el cumplimiento de su deber de lo que lo son los bomberos en el incendio, la policía en un atraco o los soldados en la batalla.»

Por supuesto, la sociedad, a su vez, tiene dos obligaciones con los profesionales sanitarios:

(1) Reducir sus riesgos al máximo

(2) Si existe racionamiento, por falta de material adecuado de protección, por ejemplo, hay obligación de distribuir las cargas de forma transparente y equitativa.

En situaciones excepcionales es cuando los profesionales sanitarios deben demostrar a la sociedad la fuerza de sus compromisos éticos y es cuando el modelo profesional del auto-interés más insuficiente demuestra ser.

¿Cuánto riesgo hay que correr? Diego Gracia defiende que un riesgo intermedio entre el que correría una madre por su hijo y el que correría cualquier otra ocupación por su cliente.

Pero, cómo operativizar ese riesgo «intermedio» en el día a día no parece fácil. Finalmente el compromiso con los enfermos que acuden desesperados y atemorizados buscando ayuda, la generosidad en la interpretación de las obligaciones y la solidaridad con el resto de los compañeros y compañeras, marcan un nivel de excelencia que solo es explicable desde la aceptación de que los lazos que nos unen, en contra de la visión mercantil dominante basada en el autointerés, son mucho más profundos de lo que suponemos.

En las crisis, solo la solidaridad, la generosidad y la búsqueda del bien común, sirven. Y esto vale, para los ciudadanos y para los profesionales.

O nos salvamos todos o no se salva nadie.     

Abel Novoa es médico de familia, coordinador del Grupo de Trabajo de bioética de la semFYC y presidente de NoGracias. Las opiniones son personales. 

 

 

 

 

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