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Trisha Greenhalgh, junto con otros autores, vuelve a hacer una reflexión poco equilibrada de la crisis de la Cochrane tras la expulsión de Peter C. Gøtzsche. De hecho es un intento de lavado epistémico de la  actuación de la Junta Directiva de Cochrane. Retórica contra la buena ciencia. 

En su momento criticamos su textoThe Cochrane Collaboration—what crisis?” donde aseguraba algo así como que la independencia requería a veces aceptar algunos compromisos y aludía a una desconocida justicia epistémica que conseguía finalmente proteger el conocimiento.

Este texto del JECP es más extenso y pretende abordar de manera más conceptual la crisis de Cochrane. En realidad se trata de una defensa de los argumentos utilizados en su primer comentario.

Veamos. 

Primero nos recuerda Greengalgh y colaboradores que Cochrane es una institución demasiado grande como para no aceptar compromisos (empieza a dar pistas de su argumentario):

“En los 26 años transcurridos desde su creación, la red internacional de revisores sistémicos conocida como Cochrane (anteriormente, la Colaboración Cochrane) ha pasado de ser un pequeño grupo de académicos colegiados financiados con pequeñas donaciones a una extensa burocracia transnacional con numerosos subcomités, un grueso libro de procedimientos operativos y un volumen de negocio anual multimillonario que incluye aportaciones de filántropos (incluyendo algunos con vínculos con la industria) de cuyas contribuciones depende su trabajo”

Para los autores la crisis podría esquematizarse como dos “narrativas en competencia”:

“.. una narrativa de “mala conducta” por parte de un individuo y una contra narrativa de cobardía moral y decadencia científica dentro de la propia Cochrane”

La narrativa oficial del Comité Directivo de Cochrane es que el Profesor Peter Gøtzsche, miembro fundador de la Colaboración Cochrane y Director del Centro Cochrane Nórdico, fue retirado de la Junta en septiembre de 2018 por “un patrón de comportamiento totalmente en desacuerdo con los principios y la gobernanza de la Colaboración Cochrane”

Gøtzsche, además, fue suspendido en octubre de 2018 de su puesto en el Rigshospitaletand University de Copenhague, supuestamente por mezclar sus gastos privados con los del Centro Nórdico Cochrane y por no cumplir con auditorías financieras independientes. 

Esta narrativa describe a Gøtzsche como un extremista intelectual intransigente, que va por libre, y que mientras acusa a los demás de conflictos de interés “saca provecho personal de la venta de sus libros y de conferencias que presentan una visión distorsionada de la verdad”     

La narrativa alternativa es que Gøtzsche, un heroico defensor de altos estándares científicos (y especialmente metodológicos), ha sido castigado injustamente en el contexto de una larga crisis de gobernanza en Cochrane. Esta narrativa sobre “declive moral y científico” acusa al máximo ejecutivo de Cochrane de haber tolerado estándares inapropiados y suprimido el debate científico entre los miembros de la organización vendiéndose “a intereses comerciales y políticos”.

Trisha Greenhalgh y sus colaboradores identifican rasgos míticos -una manera sutil de critica que mediante la ironía coloca a los gøtzschianos como ingenuos o iluminados- en una narrativa apoyada por una red de académicos de renombre internacional”:

“Resuena David contra Goliat en una historia donde hay un científico clarividente se enfrenta sin ayuda a una organización alguna vez noble y todavía poderosa”

Esta crisis, -en franca contradicción con las afirmaciones previas de la propia Trisha que consideraba el asunto algo doméstico cuando escribía que “deberíamos darle un respiro (a Cochrane) mientras pone su casa en orden”- no sería, ahora, un asunto particular sino una situación “sintomática de un malestar más amplio”. 

Veamos sus argumentos.

Argumentos desde la epistemología

Siguiendo al sociólogo Howard Becker, Trisha Greenhalgh y colaboradores describen dos tipos de “emprendedores morales”. El primero sería el “cruzado” o “creador de reglas” interesado en el contenido de las normas y siempre descontentos con las vigentes. El segundo tipo es el “encargado de hacer cumplir las reglas” independientemente de su contenido.

Gøtzsche y un pequeño grupo de sus colegas serían, para los autores, “creadores de reglas bien informados” cuya misión estaría, para ellos mismos, “moralmente impulsada y sin compromisos”; los ejecutivos de Cochrane serían, en cambio, “ejecutores de reglas”, un papel menos lucido moralmente. Para Trisha y colaboradores, en todo caso, “es difícil decidir si las acciones de cualquiera de los grupos de emprendedores morales son virtuosas o viciosas” y, en este caso, es posible que ambas partes hayan caído en un proceso “ilusorio y tóxico” que adolecería de “distancia” y “perspectiva crítica” para comprender “las consecuencias del juego”.

Gøtzsche y sus compañeros defenderían, para Greenhalgh y colaboradores, tres argumentos que ella critica:

(1) La revisión sistemática es esencialmente una tarea técnica más que un proceso analítico y crítico más amplio, y su éxito dependería en gran medida de la aplicación rigurosa de herramientas y enfoques estandarizados.

(2) Es deseable y posible eliminar todos los conflictos de interés en Cochrane (y en la ciencia, más genéricamente), incluyendo los conflictos de interés intelectuales de manera que “los expertos en contenido” no serían necesarios en una revisión sistemática, “ya que la evaluación de la calidad metodológica es una tarea casi exclusivamente técnica”. Para Gøtzsche existiría “una sola versión de la verdad” que la ciencia tiene el papel de revelar y, así, los desacuerdos serían siempre fruto de errores metodológicos.

Trisha Greenhalgh y sus colaboradores critican esta perspectiva “value-free” gøtzschiana asumiendo la imposibilidad de evitar los juicios de valor en ciencia y, por tanto, suponemos, de evitar que los valores económicos puedan influir en el conocimiento. Es verdad que reconocen que esta sería una de las razones que habría para que, finalmente, “los conflictos en los ensayos clínicos y meta-análisis estén típicamente asociados con hallazgos sesgados a favor del producto del patrocinador”. Es decir, la ciencia nunca es value-free sino value-laden y, por tanto, la visión de unos puristas metodológicos como Gøtzsche y sus amigos es ingenua y está fuera del mundo. 

Esa sofisticación epistémica permite a Greenhalgh adoptar una posición de superioridad intelectual y recordar a Gøtzsche y sus seguidores que “las revisiones sistemáticas son costosas, especialmente a medida que los métodos se vuelven más intensivos en mano de obra (p. ej., que incluyen el análisis de los datos de pacientes individuales)” y que los conflictos de interés son ubicuos:

“… sólo una pequeña fracción de los investigadores de alto nivel puede presumir de no tener ninguna conexión con la industria, y cualquier esfuerzo de colaboración internacional de gran envergadura necesita financiación para su infraestructura”

En este punto, en un intento por aparentar una neutralidad analítica que como estamos viendo es inexistente, reconocen los autores que existen instrumentos para mejorar el conocimiento “tales como la transparencia sobre las propias suposiciones e intereses” (una estrategia, la declaración de conflictos de interés, que se ha mostrado inútil y muy superada por la realidad) y que son importantes los “mecanismos de apelación” para “hacer que la investigación científica sea más responsable ante el público” (no especifican a qué se refieren cuando hablan de mecanismos de apelación: si a revocaciones, retracciones o regulaciones comerciales.. todos mecanismos de apelación fracasados para conseguir globalmente buen conocimiento y/o buenos productos en el mercado). En este sentido, ciertamente, hacen una de las pocas críticas, aunque muy tibia, a Cochrane cuyas políticas de conflictos de interés tendrían “zonas grises”:

“Por ejemplo, los investigadores que han realizado ensayos patrocinados comercialmente en el pasado deben declararlos pero no están excluidos de las revisiones.”

(3) El tercer argumento defendido por Gøtzsche y sus amigos sería el de la libertad de expresión. “Sin duda, los científicos deberían poder decir la verdad” expresa Trisha aunque, nuevamente la razón parece estar del lado de la Junta Directiva que lo expulsó:

“El Comité Directivo de Cochrane se mantuvo firme en que no tenía ninguna objeción a que Gøtzsche publicara sus puntos de vista como científico independiente. A lo que se opusieron fue a que confundiera sus puntos de vista científicos personales con la posición del Centro Cochrane Nórdico.”

Los partidarios de Gøtzsche respondieron, explican los autores, que él tenía derecho a hablar en nombre del Centro Cochrane Nórdico porque era un científico excepcionalmente bueno (“el máximo creador de reglas y ejecutor de reglas”). Por contra, el CEO de la Colaboración Cochrane cree que Gøtzsche es malo para la “marca”. “Al no ser científico, no reconoce que el trabajo que hace Gøtzsche ES la marca” (mayúscula en el original) parecen decir los gøtzschianos.

Los autores quiebran de nuevo su supuesta neutralidad al ejercer de portavoces de la Junta directiva de la organización:

“La perspectiva de la Junta de Gobierno afirmaba que lo que Gøtzsche veía como “libertad de expresión” era en realidad un patrón de comportamiento de confrontación de larga data que algunos de sus compañeros, miembros de la junta y revisores, experimentaban como acoso y ataques personales”.

En definitiva, para Greenhalgh y sus colaboradores las reglas morales que tácitamente seguirían Gøtzsche y sus colegas serían

(1) ingenuas porque “métodos y herramientas prevalecen sobre la interpretación y el juicio”,

(2) fundamentalistas por su “enfoque un tanto monástico de los conflictos de intereses, la libertad académica definida como la declaración de los propios puntos de vista siempre que se desee” y

(3) carentes de la necesaria auto reflexión crítica:

“En resumen, Gøtzsche y sus compañeros emprendedores morales han descrito como rigor intelectual (una virtud) lo que otros han interpretado como rigidez intelectual (un vicio).”

Argumentos desde la sociología del conocimiento

Los autores defienden en el texto la supuesta visión más “amplia y participativa” de la Junta de Cochrane del concepto de gobernanza:

“Para Gøtzsche y sus partidarios, la gobernanza parece equipararse a estrictos estándares científicos y técnicos y a una relación antagónica y excluyente con la industria”.

Por contra, la Junta tiene un discurso más moderno:

“La Junta de Gobierno Cochrane, en cambio, define la buena gobernanza en términos mucho más amplios y participativos. En un examen estratégico… estableció objetivos amplios, incluyendo desarrollar asociaciones intersectoriales”

Estas dos visones diferentes de lo que significa el buen gobierno del conocimiento son enmarcadas por Trisha Greenhalgh y sus colaboradores en el esquema propuesto por Gibbons y otros a principio de los años 90. 

Gøtzsche y sus partidarios estarían anclados en un pasado denominado por Gibbon, “sistema Modo 1”, más cercano al antiguo paradigma académico “cerrado y jerárquico”. La Junta de Cochrane, por contra, actuaría dentro del moderno “sistema Modo 2” que es “lo que se necesita para apoyar una ciencia más contemporánea y coproducida”:

“La ciencia del Modo 2, en cambio, se genera no sólo en las universidades, sino también en su contexto de aplicación, un espacio de transacción heterogéneo y más o menos democrático conocido como el “ágora”, que abarca el Estado, la economía, la cultura y una esfera pública más amplia”

Trisha Greenhalgh y sus colaboradores, ignorando todas las críticas que el análisis de Gibbons ha tenido tras su publicación hace más de 30 años -como ser un artefacto intelectual destinado a justificar el status quo de la ciencia comercial, su falta de validez empírica o conceptual- aseguran que el sistema modo 2 “debe ser visto como social y científicamente robusto, por lo tanto, ético, centrado en el paciente, ambientalmente sostenible, equitativo y que permite un buen uso de los recursos públicos”.

No parece importar a Trisha Greenhagh y sus colaboradores que la mayoría de los analistas, desde el ámbito biomédico o desde una visión más general, identifiquen una crisis general del conocimiento producido en este sistema 2 (Science on the Verge, 2017) por ineficiente (Chalmers y Glasziou, 2008), de baja calidad (Fanelli, 2010), sobrevalorado económicamente (Jones y Wilsdom, 2018) o por maleable (Stegenga, 2018).

Pero este sistema Modo 2 es fantástico para los autores ya que ” … el proceso de investigación ya no puede ser caracterizado como una investigación objetiva del mundo natural (o social) ni como una interrogación frívola y reduccionista definida arbitrariamente” sino “un proceso dialógico, una intensa (y quizás interminable) “conversación” entre los actores de la investigación y los sujetos de la investigación”

De este modo, la Junta Directiva de Cochrane estaría actuando de manera coherente con el sistema 2 ya que tendría “una gobernanza más democrática, externamente responsable y dialógica… un enfoque sólido y encomiable”. En esta sesgada visión que presenta Trisha Greenhalgh los “acalorados intercambios entre Gøtzsche y la mayoría del Consejo de Administración” serían un choque de paradigmas entre un anticuado “Modo 1”, en el que el poder del conocimiento está en manos de rígidos y elitistas académicos ensimismados  y el Modo 2, “en el que el poder del conocimiento se genera a través de una próspera red de múltiples partes interesadas”.

Para el economista Philip Mirowski, citado habitualmente, por cierto, por autores post-normales, por contra:

“La ciencia biomédica y la tecnología, la mejor metodología con la que contábamos hasta ahora para producir conocimiento e instrumentos prácticos para mejorar la salud de las personas, ha quedado, neutralizada, anulada y desnaturalizada debido a las condiciones que imponen los nuevos modelos (tipo Modo 2) su organización industrial, la estructura de los mercados, los procesos regulatorios y el mal gobierno del entramado institucional implicado.”

En un error conceptual importante, Trisha siente que su visión también está alineada con el enfoque de la ciencia post-normal desarrollada por Silvio Funtowicz y Jérôme Ravetz que, según ella y sus colaboradores, aceptan la complejidad al “prestar atención explícita a la gestión de la incertidumbre, a la multiplicidad de perspectivas y compromisos, e incluir una gama más amplia de expertos centrados en la resolución de problemas concretos, en lugar de dedicarse exclusivamente a la pureza disciplinaria o metodológica”.

El lavado epistémico de la crisis Cochrane está terminado: Trisha Greenhagh y colaboradores justifican el status quo con una retórica no solo poco neutral -a pesar de afirmar que no pretendemos tomar una posición definitiva sobre la veracidad de las diferentes narrativas que se discuten en este documento”– sino errónea conceptualmente, y defienden un sistema Modo 2 de conocimiento que carece de evidencia empírica, más bien al contrario, de estar produciendo un conocimiento más robusto, relevante, ambientalmente responsable, equitativo y eficiente que el sistema Modo 1. 

Ciencia post-normal y el nuevo modernismo electivo

Al contrario de lo que afirman Trish Greenhalgh y sus colaboradores, la ciencia post-normal incluye el trabajo metodológico de los expertos como uno de sus objetivos por más que este marco de gobierno epistémico reconozca que su utilidad es limitada (“decisiones de bajo nivel”) y su importancia decreciente cuando la toma de decisiones tiene que ver con pacientes individuales, poblaciones o sociedades. La fiabilidad de un experimento afecta a la calidad de la evidencia y la incertidumbre a este nivel tiene que manejarse mediante los procedimientos metodológicos estándar que la comunidad científica ha establecido como son la revisión por pares, la publicación de los resultados, la replicabilidad o la independencia.

Estos procedimientos metodológicos tienen detrás algunos valores que son fundamentales no solo para que el conocimiento esté mejor justificado sino para la propia democracia como expresan Collins y Evans en su monografía “Why democracies need sciece”. A pesar de la profundidad del análisis crítico sobre la ciencia realizado por la sociología del conocimiento desde los años 70, para Collins y Evans hoy en día es más necesario que nunca defender la necesidad de expertos como personas que “saben de lo que hablan”. Expertos como Gøtzsche, Jefferson, Chalmers o Ioannidis han institucionalizado de manera explícita (mediante normas) y implícita (mediante acciones) valores que han demostrado ser efectivos en la generación de un conocimiento científico más robusto y que en este momento, debido al contexto que ha generado el sistema Modo 2 y que tan alegremente acepta Trisha Greenhalgh y sus colaboradores, están en peligro.

Para Collins y Evans los ataques al conocimiento científico vienen desde fuera de la ciencia por parte de “postmodernistas que no ven verdad sino relatos, ecologistas radicales que la ven como la causa de todos los problemas del planeta, políticos que solo entienden su valor económico o intentan utilizarla para defender propuestas ideológicas y sociólogos que equiparan al científico con cualquier otro saber” pero también desde dentro de la ciencia:

“(son ataques de) científicos que creen que la ciencia debe generar riqueza económica y contribuir a la eficiencia de las empresas sin detectar el riesgo que ello conlleva de que finalmente solo sea valorada por su contribución económica. La intención puede ser buena pero muchos científicos están vendiendo su profesión en la mercado equivocado” 

Propuestas como las que defienden Trisha Greenhalgh y sus colaboradores esconden detrás de una supuesta apertura de la ciencia a la sociedad una agenda ideológica donde conceptos como autonomía y responsabilidad son utilizados para defender la producción industrial de conocimiento en las organizaciones académicas (donde la patentabilidad es más importante que la relevancia), la competitividad en el mercado de la producción científica (donde las métricas basadas en factores impacto o el impacto en los medios de comunicación generales son más importantes que aceptar la provisionalidad e incertidumbre del conocimiento y trasmitirlo a la sociedad de manera cabal y equilibrada) y, dentro de organizaciones científicas como la Cochrane, para disciplinar a los trabajadores generando ideas normativas de auto-responsabilidad, eficiencia, productividad y capacidad de monetizar la propia actividad investigadora. 

El antiguo paradigma de producción de conocimiento del Modo 1 ha sido sustituido por un sistema Modo 2 donde no es que haya “más” agentes sino “otros” agentes y el mercado y las corporaciones farmacológicas, tecnológicas o alimentarias son claramente hegemónicos y, por tanto, se ha sustituido la autoridad académica por la económica, algo que a la vista de los resultados no ha conducido a un mejor conocimiento. Como explican Collins y Evans:    

“La mercantilización del profesionalismo científico, ahora más consciente de las ganancias y más centrado en la gestión y la emprenduría, mina la idea del profesionalismo científico como un repositorio de estándares morales”

La ciencia es lo que debemos escoger para intentar entender el mundo físico, biológico, social o psicológico (el mundo observable). Aquellos que observan el mundo a través de una metodología son una mejor (no más correcta) fuente de opinión que aquellos que no lo hacen. Por eso, cuando se habla de investigación científica y conocimiento robusto debemos considerar la opinión de aquellos que se han ganado un estatus de experto ya que su actividad está definida y evaluada por valores científicos que, aunque sepamos que no justifican la verdad ni la posibilidad de sus utilización directa en pacientes o poblaciones, están relacionados con mejores instrumentos de justificación que otros. Aunque la sociología o la epistemología han demostrado las debilidades de la ciencia, a pesar de ello,  hay que protegerla y para hacerlo hay que reclamar su liderazgo moral. 

El modernismo electivo que proponen Collins y Evans intenta encajar la actividad científica en las sociedades democráticas sin diluirla en la modernidad líquida post-moderna que se ha mostrado claramente alineada con los valores individualistas del mercado, y sin defender, por supuesto, la vuelta a la tecnocracia académica. Nuestras democracias abiertas están fundadas en los valores positivos de la ciencia (no tanto en hechos científicos o en sus resultados). La ciencia y los expertos que la producen y evalúan deben ser defendidos a pesar de que con frecuencia tenga debilidades y, de nuevo, ello no significa asumir sus recomendaciones sin la mediación social.

Los valores que imperan en la sociedad no tienen porque ser los que dominen a los científicos. La ciencia debe ser vista como una institución con capacidad de liderazgo moral, defienden Collins y Evans. Valores típicamente científicos son intrínsecamente buenos:

(1) La observación: “el vericacionismo no implica conocimiento verdadero pero si queremos saber algo sobre el mundo preferimos alguien que base sus ideas en la observación que alguien que las base en la especulación”

(2) La corroboración: “desde el punto de vista epistémico, no basta la repetición de observaciones para confirmar una hipótesis pero preferimos un mundo donde las hipótesis que intentan ser corroboradas que uno en el que un solo experimento sirve para confirmarla”

(3) La falsación: “prefererimos un mundo donde las hipótesis o teorías pueden ser falsadas mediante la experimentación que uno en el que no es posible”

(4) El comunalismo: “el conocimiento científico debe ser accesible a todos los científicos por igual ya que toda la comunidad tiene la obligación colectiva de desarrollarlo y controlarlo; todos preferimos un mundo donde no prevalezca el secreto y se pueda reclamar rendición de cuentas a los científicos”

(5) El universalismo: “la opinión de un científico no debe depender de su ideología, raza, género, etc”

(6) El desinterés: “aspiramos a un mundo donde los científicos propongan estudios no sesgados por intereses económicos o ideológicos”

(7) El escepticismo organizado: “preferimos un mundo donde las afirmaciones científicas tengan que ser probadas”

(8) Locus de interpretación cercano a los productores: “la legitimación de la ciencia debe ser realizada idealmente por científicos no por consumidores o empresarios”

(9) Individualismo: “el científico está dispuesto a ir contra la mayoría”

(10) Apertura: “asumir que el conocimiento nunca es definitivo”

(11) Generalidad: “la ciencia debe buscar la mayor aplicabilidad de sus hallazgos”

(12) Competencia: preferimos un mundo donde se valore al experto que otro donde todo valga”

Hay espacio para un gobierno técnico de la ciencia y esa es la guerra de Peter Gøtzsche en Cochrane. Deslegitimar estos esfuerzos por ser posiciones “cerradas y jerárquicas” sin criticar las consecuencias que está trayendo el modelo fluido que defienden Greenhalgh y colaboradores es poco riguroso intelectualmente.

Como los autores somos conscientes de que “los sistemas complejos se caracterizan por tensiones y paradojas que no siempre se pueden conciliar” pero rechazamos que la perspectiva propuesta sea equilibrada. No es un antagonismo como defienden “entre una gobernanza del Modo 1 (principios científicos abstractos, aplicados sin concesiones) y la gobernanza del Modo 2 (que persigue el rigor científico junto con el compromiso político, la recaudación de fondos, la participación y la construcción de relaciones intersectoriales, el establecimiento de una agenda compartida y la resolución de conflictos)” sino entre la buena y la mala ciencia. La fluidez post-moderna de Trisha Greenhalgh no está produciendo un mejor conocimiento científico; la rigidez académica basada en los valores tradicionales de la ciencia de Peter Gøtzsche sí.

Este momento “del rigor” no es suficiente -y hacen falta instrumentos epistémicos de gobierno del conocimiento- pero tampoco es sustituible. Arriba proponemos un esquema para un gobierno complejo del conocimiento, no uno líquido. 

No hay agonismo (“conflicto entre adversarios que comparten el compromiso de abordar un problema a través de medios democráticos”) sino antagonismo en la crisis de Cochrane ya que los conflictos no han sido “reconocidos y discutidos abiertamente” sino “ocultados tras un velo de consenso”. Trisha Greenhalgh y sus colaboradores caen en la “ilusión tóxica” que denuncian existe en esta crisis ya que, como ellos mismos expresan, no están “cuestionando los procesos y suposiciones que sustentan sus opiniones”.

La crisis en Cochrane es epistémica desde luego pero el comportamiento de la Junta de Cochrane no responde a ese supuesto “compromiso de abordar un problema a través de medios democráticos” ya que Peter Gøtzsche ha sido expulsado, los conflictos de interés de los revisores seguirán siendo permitidos, la financiación tóxica aceptada y la evaluación incompleta de la evidencia considerada un buen estándar.

Abel Novoa es médico de familia y presidente de NoGracias. Sus opiniones son personales y no representan el punto de vista de NoGracias

Conflictos de interés: he sido nombrado recientemente miembro de la Junta Científica del Institute for Scientific Freedom, fundado por Peter Gøtzsche  

 

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