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Está genial conocer la efectividad y seguridad de los medicamentos, los resultados de los ensayos clínicos y estudios de farmacovigilancia, el perfil de efectos adversos y las precauciones de uso. Sin eso, resulta complicado saber si ese fármaco puede ser útil a la gente a la que va dirigido.

Sin embargo, poco sabemos de cómo las personas conviven con sus medicamentos. Qué esperan de ellos, qué artimañas encuentran para que la vida no se vea alterada en demasía por su efecto, cómo viven sus reacciones adversas y cómo perciben si les funciona o no.

Hace unos meses, un colega me hizo llegar la narración de su experiencia con los antidepresivos. Es un relato vivo, con tintes a veces de ironía, otras de desesperanza. Nada de lo que cuenta está recogido en ninguna ficha técnica, ni en los grandes ensayos clínicos. Ni tan siquiera en los estudios cualitativos. Por eso, nos interesa, si cabe, más aún.

En ‘Demedicalize-it!’ queremos recoger y conocer tu historia con las pastillas. Si crees que el testimonio de tu experiencia con el uso de los medicamentos tiene algo que decir al mundo, éste es tu lugar. Tan solo deja un comentario al final de esta entrada, con tu correo electrónico, y nos pondremos en contacto contigo para que nos cuentes tus vivencias y compartirlas con los demás.

Gracias.

«Mi médico se alegró mucho cuando comencé a ir a su consulta. A los médicos nos cuesta mucho admitir que somos personas, que como tales tenemos problemas de salud que deben ser atendidos de la misma manera que el resto de los mortales. Por eso, solemos hablar de nuestros problemas con los colegas en consultas de pasillo, siempre a medias, como queriéndole quitar importancia, y somos carne de cañón del mal llamado «síndrome del recomendado». Yo no quería eso para mí. Y por eso, tras pensármelo mucho, pedí cita en su consulta. Aunque ya ella conocía de mis problemas, no es lo mismo cuando te despojas del papel de médico y asumes, con todas las de la ley, el rol de enfermo. Y me vacié, confiándole todos mis miedos, frustraciones y sentimientos de culpa.

Al final de la consulta me recomendó psicoterapia. Pero no era plan de confiarlo todo a una sola carta. Estaba anímicamente tan decaído que consideró que unos antidepresivos me levantarían la moral y me servirían para sofocar mis impulsos. Contrariamente a lo esperado, no me resistí. Me veía aceptando un tratamiento antidepresivo. Era una incongruencia como la copa de un pino. Conocía de sobra los estudios acerca de la eficacia tan modesta de los antidepresivos (siendo generosos, no se les puede atribuir un efecto mayor que el de un placebo). Había criticado mil veces públicamente la farsa de tapar sentimientos con medicamentos, mentira consentida por los propios pacientes, que preferían la comodidad de tomar una pastilla antes que admitir sus propias vergüenzas o poner patas arriba toda su vida. Y ahora me tocaba a mí. ¡Menuda contradicción!

Pero lejos de sentirme mal por ello, noté, lo reconozco, cierto alivio. Además de un fármaco que estimula o inhibe procesos fisiológicos, el medicamento tiene un componente social ineludible. Es un símbolo. En este caso, simbolizaba una serie de cuidados y atenciones. Los de una médico, en la que confiaba ciegamente, una persona a la que había lanzado el SOS y había respondido a mi llamada de socorro, así que tocaba dejarse llevar por su criterio.

La palabra depresión alude a una fuerza que te empuja hacia abajo, que termina por encogerte y oprimirte. Es un sentimiento que te aplasta, que te achica. En Latinoamérica y en el lenguaje coloquial, a la forma más cotidiana y de menor gravedad de la depresión se la conoce como “bajón”. Cuando te sientes así, los objetos pierden su tinte habitual y todo lo que te rodea adquiere una tonalidad monocolor. En España lo vemos todo gris, pero los anglosajones prefieren el azul, y de ahí que en inglés exista la expresión to feel blue. Todos podemos tener un bajón o verlo todo gris si ese día hemos sufrido un contratiempo o encajamos una mala racha, y en realidad no hay ningún problema, porque cumple un fin adaptativo. Te hace reaccionar. Pero cuando las causas permanecen o no puedes superarlas y el sentimiento echa raíces en ti, sobreviene un estado de excitación y de incomodidad más profundo y diverso que ya no solo afecta al ánimo, sino al cuerpo entero. Entonces es cuando te das cuenta de que estás jodido de veras.

Yo me sentía poca cosa. La vida me quedaba muy grande. Lo que antes me llenaba de ilusión ahora se tornada un suplicio. No tenía energía para casi nada, y hasta la voz me salía más debilitada, lenta y a destiempo. Por tanto, me sentía deprimido. Pero no tenía tan claro que tuviera una depresión o estuviera realmente deprimido. La diferencia entre ser/sentir y estar/tener es muy sutil. Las primeras te pertenecen, y las segundas te son impuestas. Con las primeras, resistes en tu soberanía de sentirte como te de la gana; con las segundas, claudicas ante el poder normativo de la medicina o sucumbes ante la claridad de los hechos. Sin embargo, como afirma el médico Javier Peteiro en “El autoritarismo científico”, a mucha gente le “interesa más tener una enfermedad que ser un enfermo, porque el tener va asociado al concepto de lucha posible contra algo sobrevenido”. Yo prioricé mantener mi independencia a tener claro cuál era mi enemigo. Entre otras cosas, porque sospechaba que el enemigo principal era yo mismo.

Ahora bien, aunque mi médico hubiese finalmente certificado que “tengo depresión”, en realidad eso es decir bien poco. No es lo mismo que decir “tengo diabetes”. Nadie ha podido responder con firmeza qué es la depresión y cuál es su causa. No hay ningún gen de la depresión, ni deja rastro en los análisis de sangre, ningún escáner puede identificar una imagen en tu cerebro que revele que estás inequívocamente deprimido. Es una abstracción hablar de depresión. Y a todos nos aturde lo abstracto, por más que a veces nos provoque una fascinación romántica.

Todo cambió hace más de 30 años con un acontecimiento científico: el descubrimiento de la fluoxetina. La ciencia dictaminó: dejémonos de cuentos. La depresión es un trastorno biológico. Hay un desequilibrio en los niveles de serotonina que el nuevo fármaco se encargará de subsanar. La bandera de la lucha contra la depresión sondea desde entonces en el edificio de ministerios, hospitales y fábricas de medicamentos. Su lema es: “ni un solo deprimido sin su medicamento”. Si te muestras bajo de ánimo más de tres días consecutivos todos te empujan a la consulta del psiquiatra. Si no lo haces, eres un descarado, un irresponsable. Si luego te da por estampar tu coche contra el edificio de tu empresa, la culpa es de tu compañero de la mesa de al lado de la oficina, que te vio llorando de impotencia al constatar la curva ascendente de pérdidas financieras pero no alertó a los jefes para que activaran “el protocolo” y te atiborran de pastillas antes de que fuera demasiado tarde. Los sentimientos que te paralizan, la ruptura que supone en tu biografía, los fantasmas que te despiertan, la tenaza que oprime tu corazón… eso da igual, ¡si es todo pura química! Te tomas esto y a seguir “funcionando”. Pero yo no quería esto para mí. Bastante despersonalizado me encontraba como para sentir que me trataban como un borrego. Ahora, eso sí, aunque no quería que se me colgara el sambenito de “deprimido”, tampoco quería renunciar al potencial poder sanador de lo que simbolizaba el medicamento. Consentí en tomarme el maldito fármaco, pero sin ninguna esperanza de que sirviera para algo.

¡Pero sí que sirvió! Al menos sí que noté sus efectos secundarios. Aunque a decir verdad, la frontera entre reacción adversa y respuesta terapéutica a veces no es fácil de establecer. Comencemos. A la semana de comenzar a tomar el antidepresivo los síntomas urinarios que ya tenía (siempre quedo el último en las competiciones con mis hijos de a ver quién acaba antes de orinar) empeoraron. De haberme puesto en manos de un urólogo, como recomiendan los periodistas, ya me hubiera hecho un seguimiento exhausitivo de los niveles de PSA, me hubiera enchufado el recto con su grueso dedo, me hubiera visto y medido la próstata con una eco, me hubiera medido la potencia del caño de la orina y hasta, quién sabe, me hubiera practicado una biopsia. El caso es que era ponerse a mear y no echar gota, literalmente; no es ningún chiste, es algo bastante jodido, y una pérdida absurda de tiempo. Pero su reverso es que hasta para una función fisiológica tan básica como es orinar había que echarle paciencia. Fiel a mi nueva filosofía vital de aceptar que cada cosa tiene su sentido, me lo tomé como una señal de que todo tiene su tiempo y lugar.

Desconozco si la ínsula y el núcleo estriado, núcleos cerebrales de la libido, y la próstata están conectados por alguna neurona, pero el caso es que lo siguiente en decaer fue el deseo sexual. Digamos que concretamente lo que el fármaco consiguió era mitigar mi otrora aumentado furor eyaculatorio. Y mira que mi médico escogió el que se supone que menos afectaría a esa área: ¡menos mal que tuvo ese miramiento! Al principio me acordaba de muchos de mis pacientes solterones que se quejaban de estar desanimados, a los que, de ser legales los prostíbulos y estar financiados con dinero público, habría recetado sin dudarlo un polvo profesional cada veinticuatro horas. No te rías: hay numerosos estudios que apuntan a que el sexo es una buena forma de levantar la moral, además de otras cosas, aunque no sé si al no haber ensayos clínicos (ningún voluntario en su sano juicio se hubiera apuntado al grupo placebo) o porque los expertos son todos unos mojigatos, el caso es que el sexo explícito terapéutico no está en ningún protocolo médico oficial. Tampoco, curiosamente, lo reclama ningún partido político en sus programas electorales…

Pues bien, pensaba que este efecto adverso me hundiría más aún. No niego que fuera una putada, pero bien mirado es posible que también este fenómeno tuviera su lado amable. Lo mismo las farmacéuticas no son tan perversas, y forma parte del plan terapéutico para sacarte de la depresión fabricar fármacos que adrede te obligan a cargarte de paciencia, y que te evitan el mal trago de querer desahogar tus instintos libidinógenos, quién sabe. Según muchos filósofos, pensar en el sexo distrae al alma de sus obligaciones más trascendentes, pero esta afirmación es producto de la misoginia, así que no me servía. Sin embargo, sí que está claro que resta energía al cuerpo. Y tapa las señales que éste emite para conectarse con tus emociones. El sexo emite ruido que contamina acústicamente la gran ciudad que es nuestro organismo. Y con tanto ruido uno no puede oírse ni a sí mismo. En otras circunstancias uno persigue ese bullicio, lo desea fervientemente, pero ahora prefería mantener a raya mis fantasías eróticas. Me abrazaba al silencio sexual. Esta interpretación me parece más currada. O al menos es mía, y me vale. A mi mujer el reposo coital no le incomodaba nada, es más, puede que incluso lo agradeciera. Así que todos contentos. El problema, claro, vino al final del tratamiento, al cabo de unos meses, cuando tuve un efecto rebote y me subió la calentura. ¿O fue por el comienzo de la primavera? Nunca supe la verdad, ni me enconé en buscarla.

Tanta excitación contrastaba con la anestesia emocional que provocan los antidepresivos. Era como si tuviera un traje impermeable sobre la piel y todo me resbalara con facilidad por él. La distancia emocional que te proporcionan las pastillas facilita que puedas ver los problemas de otra manera, sin tanto agobio ni premura, y no distorsionados como cuando los tienes encima de ti. Ese efecto terapéutico es, sinceramente, muy útil e interesante. Pocas cosas lo consiguen de la misma manera y con la misma intensidad, pero es un efecto artificial, que no es tuyo ni puede quedarse para siempre como si fuese parte de tu ser. Esto lo entiendes cuando se esfuma la fascinación de descubrir las reacciones que el fármaco provoca en tu ser, y entonces la fantasía inicial de curación química desaparece. Te desengañas. Te rebelas. Quieres volver a sentir por ti mismo, y que ningún médico, institución sanitaria ni empresa farmacéutica decida cómo debes vivir tus emociones. Das gracias a los medicamentos y te despides de ellos, antes del periodo estipulado, sin rencor ni pena. Más bien, como describe el físico y novelista Paolo Giordano en “El cuerpo humano” sobre el teniente Egitto al dejar su tratamiento: con “alegría subrepticia”. Era el momento de retomar mi vida sin pastillas.

Fijo que los que critican los fármacos antidepresivos no han experimentado a probarlos. Pero tampoco los que los recetan abiertamente como si fueran gominolas. En las polis griegas existía un ritual de purificación que permitía purgar los males expulsando o sacrificando un chivo expiatorio. En dichas ceremonias se usaba un brebaje, el Pharmakos, cuyas ambiguas propiedades lo mismo servían como remedio o como veneno. No ha cambiado mucho el panorama. Los demonios de las polis actuales -la frustración, la falta de rendimiento, la indisciplina, la cualidad de ser distinto- son expiados con drogas que mantienen bajo control tu pensamiento, tu conducta y tus sentimientos, y con eso lo mismo consigues volver al redil, pero al precio de dejar por el camino algo de ti. Tomar antidepresivos me ha hecho desprenderme de muchos prejuicios en contra de ellos, pero también me obliga a ser más cauto a la hora de prescribirlos.»

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