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http://www.telemadrid.es/noticias/sociedad/noticia/mas-de-la-mitad-de-los-espanoles-confian-en-practicas-pseudocientificas

Ha aparecido recientemente una noticia que destaca la alta confianza de los españoles en las terapias alternativas. Hace unos meses publicábamos esta opinión de Abel Novoa que merece la pena recuperar

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¿Es comparable la homeopatía a la “mala ciencia biomédica”?

No.

Sencillamente no se pueden comparar porque no existe la “mala homeopatía”: no hay procedimientos capaces de refutar la homeopatía o las terapias alternativas.

Por el contrario, hay “mala ciencia biomédica” porque el método científico y otros instrumentos de buen gobierno del conocimiento son capaces de desvelarla (aunque, por supuesto, queda mucho por mejorar) .

El conocimiento biomédico puede ser refutado; la homeopatía no. Por eso la homeopatía no es una ciencia sino una pseudociencia.

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Tomado de “La Investigación médica y sus laberintos” de Luis Carlos Silva

Luis Carlos Silva cuenta en su muy recomendable libro “La investigación médica y sus laberintos” que los dos principales enemigos de la ciencia médica son las pseudociencias y el fraude científico (la “mala ciencia biomédica”).

La ciencia es humilde en su planteamiento, aunque sus “profetas cientificistas” no lo son (de esto hablaremos más adelante).

Escribe Silva:

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Así es: la ciencia tiene la capacidad de descubrir y corregir sus propias deficiencias. La homeopatía, no 

La ciencia genera hipótesis dispuestas a ser mejoradas o desechadas; ninguna pseudociencia tiene esta humildad epistémica.

Por contra:

“La pseudociencia es, en cambio, típicamente arrogante, pues se autoproclama dueña de la verdad” 

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Luis Carlos Silva utiliza una cita de Mario Bunge muy explicativa

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Es decir, la homeopatía no es como la “mala ciencia biomédica” simplemente porque es imposible que haya “mala homeopatía”

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Ahora bien, el incremento de la utilización de estos remedios alternativos sí puede deberse a alguna de las consecuencias de la “mala ciencia biomédica”, ciertamente, en términos de morbilidad y mortalidad, mucho más peligrosa que la homeopatía.

Escribe Silva:

“No es demasiado arriesgado aventurar que ante las reiteradas evidencias de manipulación y comercialismo extremo de la “medicina oficial” numerosas personas recurran de manera natural a casi cualquier recurso que exhiba una cara más humana, especialmente cuando ha tenido experiencias frustrantes con los sistemas convencionales de salud y no se trate de procesos patológicos de mucha gravedad”

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En nuestra opinión Luis Carlos tiene razón.

La expansión del fenómeno de la medicalización (hablamos hace poco de sus determinantes culturales, político/económicos, comerciales y los derivados del propio desarrollo tecnológico) podría encontrarse en el fondo del incremento asombroso de la utilización de las terapias alternativas: la medicina convencional sería la responsable de identificar el malestar como patológico; una vez definido el malestar en términos médicos, se pondrían en funcionamiento algunos de los mecanismos que describe Luis Carlos Silva:

(1) la persona trataría de evitar los fármacos convencionales (por mala experiencia propia, ajena, o por la información cada vez más prevalente acerca de los excesos de las farmacéuticas y sus colaboradores dentro de la medicina), y/o

(2) la persona trataría de buscar una terapia con una “cara más amable”, o donde se sintiera mejor tratado, considerando determinadas epistemologías personales (sistema complejo y tácito de creencias, experiencias propias y conocimientos con los que funcionamos habitualmente)

no sin evidencia diario de un ateo contra la homeopatia y las pseudociencias y a favor de la medicina cientifica Por tanto, la guerra contra las terapias alternativas está desenfocada cuando prioriza el debate epistemológico, no porque los activistas anti-homeópatas no tengan razón, sino por la confusión que pueden acarrear, en ocasiones, sus prioridades (por contra me parece muy importante la lucha por desterrar estas prácticas del ámbito académico y profesional, que también están liderando estos activistas. Más adelante lo explico mejor)

Solo con razones epistémicas no llegaremos muy lejos; es necesario enfrentarnos antes (o a la vez, pero con la misma intensidad) a los “aceleradores” que lanzan a la gente a estas terapias: medicalización, mala ciencia biomédica, conflictos de interés, deshumanización de la medicina, mal planteamiento de los debates públicos y falta de cultura científica.

¿Posibles soluciones?

Cambiar las prioridades: 

1ª) Evitar la medicalización, por tanto, la capacidad de definir como patológico cada vez un mayor número de situaciones psicológicas, malestares físicos o condiciones consideradas pre-enfermedades o factores de riesgo. 

2ª) Evitar la mala ciencia biomédica, por tanto, tener evidencias de mejor calidad y difundirlas y sintetizarlas adecuadamente

3ª) Evitar por todos los medios los conflictos de interés, sobre todo de los médicos asistenciales, un fenómeno que está minando gravemente la confianza de los ciudadanos en sus profesionales sanitarios 

4ª) Mejorar la atención sanitaria, humanizándola, por tanto, ser conscientes de los aspectos terapéuticos de la relación clínica y el contexto estructural (algo en lo que las terapias alternativas nos llevan mucha ventaja) 

5º) Mejorar el debate público sobre ciencia y medicina: actualmente, demasiado exacerbado, insultante, descalificador. Todos necesitamos una mayor humildad no por lo que sabemos sino por lo que ignoramos. Mientras no exista una crítica equidistante a los “aceleradores de las terapias alternativas” -que pertenecen de pleno al ámbito de lo que llamamos medicina y ciencia convencional- es difícil juzgar a ciudadanos que acuden o defienden las terapias alternativas. Les estamos dando muchos argumentos para hacerlo.

6º) Mejorar la cultura científica de la sociedad  de ciudadanos, medios de comunicación y, por supuesto, profesionales, con una reflexión cabal sobre la ciencia y la tecnología, sus aportaciones y limitaciones. Que no siga siendo la norma que cualquier crítica a la ciencia sea interpretada como estar en contra de ella, del progreso o de los buenos medicamentos. 

Después de afrontar estos retos, seguro que el número de “creyentes” en terapias alternativas disminuye, o se circunscribe a aspectos más existenciales, holísticos o espirituales en los que, obviamente, no debería meterse la ciencia

Para terminar dos cosas más:

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La primera: es necesario separar claramente en todos los ámbitos medicina y terapias alternativas. Son dos paradigmas inconmensurables. Por eso:

(1) No es bueno llamarlas medicinas alternativas porque induce confusión. Mejor denominarlas terapias alternativas

(2) No es bueno que la persona que encarna la aplicación práctica de la medicina, prescriba terapias alternativas u homeopatía. No digo que no pueda haber terapeutas que las utilicen pero claramente fuera del ámbito que entendemos como sanitario y, por supuesto, en ningún caso, financiado con fondos públicos. 

(3) No es bueno que las instituciones encargadas de velar por la correcta aplicación, transmisión o profundización en el conocimiento biomédico, como colegios profesionales o universidades, patrocinen cursos o un máster en homeopatía. No digo que no puedan existir, pero fuera de los ámbitos profesionales y académicos

(4) Es dudoso que puedan integrarse medicina y terapias alternativas fuera de un contexto de medicina privada y comercial (en este punto mi opinión ha evolucionado respecto a mi última aportación pública al debate). Quizás sería mejor expresarlo como he hecho arriba:

“Es necesario, mejorar la atención sanitaria, humanizándola, por tanto, ser más conscientes de los aspectos terapéuticos de la relación clínica y del contexto estructural”

 

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La segunda y última cuestión: una reformulación de la pregunta que abría este texto:

 ¿Es tan irracional la creencia en las terapias alternativas como la creencia en la capacidad de la ciencia para explicar totalmente los fenómenos humanos o naturales?

Sí. Por supuesto.

Cientificismo y creencias en terapias alternativas son dos caras de la misma moneda.

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Lo importante, en suma, en nuestra democracia del conocimiento, es integrar perspectivas, delimitando su utilidad y reconociendo las circunstancias en las que se puede activar una u otra.

Siguiendo a Innerarity (en un libro que no me cansaré de recomendar, “La democracia del conocimiento”):

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Abel Novoa. Médico de familia. Presidente de NoGracias

(abelnovoajurado@gmail.com; @AbelNovoa)

 

 

 

 

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